Cuando dejar morir es la única manera de empezar a Vivir.

No nos dan miedo los cambios, nos da miedo la verdad. Asumir, y por supuesto reconocer, que a veces deseamos la muerte. Al menos la emocional.

Sí, yo lo reconozco, la he llamado muchas veces por más que doliera. La diferencia es que ahora lo hago de forma consciente y no me avergüenza decirlo ni decírmelo a mí misma.

Y sí, hablo de aceptar que ella también forma parte de este viaje que hemos venido a realizar.

Nos enseñan a temerla cuando en realidad debería ser nuestra mayor aliada.

¿O por un momento pensamos que los cambios no cuestan nada?

Pues siento deciros que no es así. Para que algo nuevo pueda crecer, necesariamente algo viejo debe morir.

Una relación, una creencia, una etapa, hasta el contenido de nuestro armario, y como no, personas.

Sí sí, he dicho personas. Todos tendremos que decir adiós algún día a este cuerpo que nos mueve, para dar lugar a una nueva etapa en la vida de nuestros seres queridos, nuestra comunidad, o simplemente dejar un espacio en el punto geográfico donde habitamos para que otro pueda ocuparlo y así continuar el ciclo.

Nos agarramos al dolor como a un clavo ardiendo hasta que nos quemamos, sólo por asumir como algo incuestionable eso que nos dijeron de que la señora de la guadaña es mala.

Nos negamos a aceptar el final sin darnos cuenta de que es la única vía hacia un nuevo principio.

Nos quejamos de que las cosas no funcionan, de que no somos felices, de que no tenemos dinero, tiempo o espacio suficientes, de que no nos dejan crecer.

¿Quién no nos deja? ¿Los gobiernos, la sociedad, los “líderes espirituales”, la familia, la crisis, los vecinos, los hijos?

Tratamos de sostener relaciones o situaciones que ya cumplieron sus contratos hace tiempo por miedo a decir que no podemos seguir así, sean nuestros padres, parejas, amigos o ideas. Nos enquistamos en trabajos por los que perdimos el interés y la ilusión miles de jornadas laborales atrás, por temor a reconocer que aquella elección no fue necesariamente un error pero ya cumplió su cometido. Encadenamos egoístamente a personas que nos negamos a soltar incluso después de partir hacia donde cada uno crea, por no atrevernos a asumir que ambas cosas eran necesarias para nuestro crecimiento.

¿Y todo esto por qué?

Porque está mal visto decir esa verdad.

Porque nos sentiríamos fuera de lugar.

No es egoísmo no querer alargar el duelo más allá de lo estrictamente necesario por una enfermedad, la pérdida física de la persona a la que amamos, la firma de nuestro divorcio o la venta de nuestra casa.

¿Qué nos hace retrasarlo entonces?

¿Realmente deseamos el cambio tanto como decimos? ¿O todo depende del precio que tengamos que pagar por él?

¿Nos da miedo dejar ir, o el juicio propio y ajeno por querer que acabe lo que ya no soportamos?

Las ruinas son el camino a la transformación. De nosotros depende decidir si queremos derrumbar hasta los cimientos o quedarnos viviendo entre escombros.