
Por las fisuras entra la luz.
Nos da pánico rompernos.
Nos han enseñado a ocultar la tristeza bajo capas de «estoy bien», a maquillar el cansancio y a esconder las cicatrices de las batallas que libramos a puerta cerrada. Queremos ser impecables, lisas, sin fisuras.
Pero la vida golpea (a veces fuerte) y hasta las estructuras que construimos con tanto esfuerzo se agrietan. Y eso duele.
Sin embargo, hay una belleza desgarradora en los pedazos que vuelven a unirse.
Al igual que el arte japonés que une la cerámica rota con hilos de oro, nuestras heridas no nos hacen menos valiosas; nos hacen únicas. Esas marcas en tu historia son la prueba viviente de que fuiste más fuerte que lo que intentó doblarte.
No te avergüences de tus días grises ni de los trozos de ti que aún estás intentando reacomodar. Es precisamente a través de esas grietas por donde empieza a entrar la luz.
Eres hermosa no a pesar de tus cicatrices, sino gracias a ellas. Mírate bien: estás hecha de resiliencia, de caídas superadas y de un oro que nadie te puede quitar: tu esencia.
