El momento llega cuando dejas de esperar el permiso.

Así llevaba un montón de años, diciendo “algún día”.

Algún día volveré a escribir. Algún día viajaré sola. Algún día tendré más tiempo, cambiaré de trabajo, aprenderé otro idioma y cuidaré más de mí.

Tenía una colección enorme de “algún día”.

No los había escrito en ninguna parte. Los llevaba dentro.

Aparecían de vez en cuando mientras conducía, mientras se duchaba o cuando veía a alguien haciendo algo que a ella también le gustaría hacer “algún día”.

Entonces pensaba “lo haré cuando tenga más tiempo”. Y continuaba.

Cumplió treinta, treinta y dos, treinta y cinco. Hasta que un domingo, mientras ordenaba un armario, encontró una libreta vieja.

En la primera página había una fecha de hacía casi veinte años. Empezó a leer. Había listas, ideas, frases, planes, viajes. Y en mitad de una página encontró escrito: “Algún día estudiaré psicología”.

Se quedó mirando aquella frase. No porque fuera el sueño de su vida, sino porque le impresionó descubrir que llevaba casi veinte años diciéndose “algún día”.

¿Cuándo empieza algún día? Aquella tarde buscó por internet. Podía volver a la universidad.

Estuvo a punto de cerrar la página. No podría compaginarlo todo. Además, probablemente sería tarde para cambiarlo todo. No tenía tiempo ni el dinero para sostenerse. Y, siendo sincera, aquello tampoco iba a cambiarle la vida ni era lo que realmente sentía.

Entonces volvió a mirar la libreta. ¡Veinte años!.

Tiene que haber otra manera de alcanzar lo que siento.

Siguió buscando, investigando y reuniendo información durante horas hasta que encontró algo que le hizo dar un vuelco al corazón.

De repente lo tuvo claro. Ese era el camino.

En ese mismo momento se matriculó. Le pareció un mundo volver a la rutina de las clases, estudiar y examinarse en la vorágine de estar sola con dos pequeños, en un nuevo país, con un idioma diferente y ante la más que probable crítica de quienes no entenderían que hubiera dejado un trabajo estable y consolidado por una aventura semejante que a saber cómo terminaría.

El primer día de clases terminó tarde, pero mientras colocaba los apuntes sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. No sabía ponerle nombre. Quizás era alegría, libertad, o simplemente la sensación de estar haciendo algo que no sabía muy bien para qué le iba a servir pero la hacía feliz.

Y comprendió algo. No había estado esperando el momento, había estado esperando el permiso.

Permiso para hacer algo que no fuera “útil”, para priorizarse, para cambiar, para querer algo diferente, para ser una versión de sí misma que no encajaba ya en la vida que había construido.

Y ahí comprendió también que nadie iba a venir a darle ese permiso, y esa fue probablemente la parte más difícil. Había esperado durante años el momento “perfecto”, que hubiera más dinero, más tiempo, menos obligaciones, que la necesitaran un poco menos, que todo estuviera colocado. Pero la vida nunca terminaba de colocarse, siempre había algo.

Entonces entendió que quizás vivir conscientemente también significaba dejar de esperar a que las circunstancias le concedieran permiso para Vivir.

No dejó sus responsabilidades. Seguía levantándose temprano, cuidando, teniendo problemas, pagando facturas, seguía habiendo semanas en las que no tenía ganas de nada. Pero cada día acudía a sus clases y estudiaba, y aquel pequeño espacio empezó a recordarle algo que había olvidado: ella también estaba dentro de su propia vida y esa sí era SU semilla.

Todos tenemos algún “algún día” guardado en algún sitio. Ya sea algo enorme o algo aparentemente insignificante. Una conversación, un viaje, un libro, una decisión, una tarde libre o una clase de pintura.

Y tal vez la pregunta no sea cuándo llegará el momento perfecto, sino cuánto tiempo más quiero seguir posponiendo esa parte de mí.