
Los grandes cambios comienzan por gestos pequeños.
Durante mucho tiempo hemos asociado los grandes cambios con la lucha. Luchar por nuestros derechos, contra las injusticias, contra quienes piensan diferente, para hacernos escuchar.
Y es evidente que muchas de las libertades que hoy disfrutamos existen porque hubo personas que se negaron a aceptar situaciones profundamente injustas, pero más allá de que quizás eso también empezó con otra semilla, tal vez la pregunta sea ¿desde dónde queremos construir lo siguiente?
Porque una cosa es defender aquello en lo que creemos, y otra muy distinta vivir permanentemente enfrentados. ¿Podemos querer cambiar algo sin ir contra nadie?
Esta idea puede resultar incómoda, porque cuando hemos sufrido una injusticia es comprensible sentir rabia y el impulso de señalar a otros. Cuando nos han herido, queremos protegernos. Pero a medida que tomas conciencia de qué es lo que de verdad te duele, dejas de intentar cambiarlo todo, para cambiar lo único que depende de ti al 100%, que es tu propia forma de mirar, porque cuando señalas al otro con el dedo, hay tres que apuntan hacia ti, y quizás sea ahí donde haya que poner el foco para que la transformación sea real y duradera.
Por supuesto podemos cuestionar comportamientos, denunciar injusticias, poner límites, decir no, defender nuestros derechos y posiciones, y cambiar estructuras. Pero podemos hacerlo sin deshumanizar a quien tenemos delante.
Eso no es pasividad ni significa aceptar cualquier cosa. Significa intentar no reproducir aquello mismo que queremos transformar.
La consciencia también pasa por la forma en la que miramos al otro, y por supuesto a nosotras mismas.
Es relativamente fácil hablar de amor cuando estamos rodeados de personas que piensan como nosotros. El conflicto empieza cuando alguien ve las cosas de una forma diferente. Es ahí donde podemos preguntarnos: ¿Quiero comprender o quiero ganar?, ¿quiero transformar algo o necesito demostrar que tengo razón?, ¿estoy hablando desde lo que quiero construir o desde lo que todavía me duele?
No siempre nos gustarán las respuestas, pero precisamente de eso trata vivir conscientemente, de mirarnos también cuando resulta incómodo.
¿Y si ha llegado el momento de crear movimientos que no necesiten un enemigo para tener sentido?
Mujeres que no necesiten enfrentarse a los hombres para ocupar su lugar, hombres que no tengan que renunciar a su sensibilidad para sentirse hombres, personas que no necesiten pertenecer a un bando para defender aquello en lo que creen, generaciones capaces de escucharse, personas diferentes capaces de encontrarse. No porque pensemos todos igual (eso sería imposible y aburridísimo), sino porque entendamos que debajo de nuestras ideas, heridas, miedos e historias sigue habiendo seres humanos intentando vivir lo mejor que saben.
Quizás crear un mundo más consciente empiece precisamente ahí, no esperando a que cambien los demás, sino observando desde qué lugar estamos participando nosotros de esta trama: desde el miedo o desde la confianza, desde la herida o desde la responsabilidad, desde la necesidad de vencer o desde el deseo de comprenderse, desde la confrontación o desde el amor.
Porque podemos ser firmes y amar, poner límites y amar, decir basta y amar y defender aquello en lo que creemos y seguir amando.
El amor no nos hace menos valientes. Todo lo contrario, quizás nos obliga a serlo todavía más.
Y tal vez el próximo gran cambio no consista solamente en plantearnos qué mundo queremos crear, sino quiénes decidimos ser mientras lo estamos creando.
