La libertad con barreras no es libertad.

Libre-miente. Sí, lo he escrito bien.

Así determiné vivir yo durante la mayor parte de mi vida, “libremente” en la realidad que los demás me hicieron creer y yo elegí crear.

Como un animal salvaje en una reserva natural al que enseñan que puede moverse como quiera, siempre que se mantenga dentro de los límites que otros estipulen como correctos con la finalidad de salvaguardar el bienestar de él mismo y su manada.

¿O para preservar la comodidad de los guardianes que vigilan el correcto funcionamiento de las fronteras?

Me concedí el beneficio de la duda el día que comprendí que la libertad, con barreras, deja de serlo.

No se trata de crear un mundo anárquico en el que todo vale, sino de comprender que los “límites” de la libertad individual los podemos y debemos marcar nosotros mismos desde la conciencia de que todos somos únicos, y lo que para uno puede ser totalmente válido, para otro es inútil e incluso dañino.

¿O utilizar las vallas que nos legaron, justifica el cautiverio y nos hace menos culpables?

Nos hemos acostumbrado demasiado a echar balones fuera y justificarnos de todo con el “a mí me lo enseñaron así”. Y como mi jefe me dijo que esto era lo mejor para el elefante porque a su vez a él se lo dijo su jefe, y a éste el suyo y así sucesivamente, a mí me resulta cómodo dar por válido el argumento sin cuestionar que quizás el pequeño que pesaba treinta kilos al nacer, ahora pesa quinientos y necesita más espacio y otra alimentación diferente a la leche materna. Por no hablar de que, con casi total probabilidad, si le preguntáramos al elefante, muy probablemente elegiría vivir en un entorno y condiciones totalmente diferentes.

Y esto que nos parece tan obvio cuando se trata del hábitat de un elefante, ¿por qué nos parece tan descabellado cuando hablamos de nuestra propia vida?

Por supuesto no voy a negar el hecho de que habrá animales dispuestos y encantados de vivir dentro de la reserva con tal de sentir cubiertas sus necesidades básicas de comida y agua, sin plantearse que siempre dependerán de mantener contentos a los guardas para ser atendidos. Lo cual me parece totalmente respetable, y casi digno de elogio porque a mí me resultó insoportable.

Pero sorprendentemente cada día son más los elefantes a los que oigo quejarse de estar allí sin atreverse a romper las cadenas, aun teniendo a su alcance todas las herramientas necesarias para hacerlo y salir airosos.

¿Qué se lo impide entonces?

No ser conscientes de que realmente esas herramientas les pertenecen, que las tienen desde que nacieron, que saben usarlas por más que nadie se lo haya dicho, y pueden hacerlo cuando les venga en gana. Y, sobre todo, que las consecuencias nunca serán tan malas como su mente entrenada les quiere hacer creer.

Esto es lo que nunca nos contaron. Que tenemos derecho a sentir que podemos, y tenemos derecho a intentarlo. Que una vez que te asomas y ves que fuera de esa realidad estás realmente TÚ, no hay muro lo suficientemente alto que te impida saltar. Que cuando descubres que otra realidad es posible, sabes que las fronteras sólo están en tu mente.

Y que una vez que las traspases, comprenderás que los límites son sólo las mentiras que inventaron los que no se atrevieron a ser libres.