Parar no es detener tu vida. Es darte el tiempo.

Todos los días pasaba delante de aquel banco. Estaba junto a unos árboles, camino de casa.

Nunca se había sentado.

A las cinco y veinte no se sentaba una en un banco.

Había que recoger a los niños, comprar algo para la cena, responder un correo pendiente, ir al parque y llegar a casa antes de que empezara todo lo demás.

Hasta que un día se sentó. Se sentó porque estaba cansada. Mucho.

Miró el teléfono. 17:22h.

Pensó “sólo cinco minutos”. Al principio fue incómodo. Miraba a la gente pasar: una mujer paseaba un perro, dos adolescentes se reían, un hombre mayor caminaba lentamente con las manos a la espalda.

Y ella estaba allí, sin hacer nada.

A los dos minutos cogió el móvil, lo desbloqueó, lo volvió a guardar.

A los tres minutos empezó a pensar en todas las cosas que debería estar haciendo.

A los cuatro ocurrió algo inesperado. Se dio cuenta de que estaba triste y no sabía desde cuándo.

¿Cuánto tiempo llevaba triste? ¿Cuánto llevaba sin preguntarse cómo estaba?

Intentó recordar la última vez que se había hecho esa pregunta. No pudo.

Había pasado años respondiendo a la vida, una tarea detrás de otra, un problema detrás de otro, una semana detrás de otra.

Tenía personas a las que quería, un buen trabajo, una casa, planes, y sin embargo, sentada en aquel banco tuvo la sensación de estar llegando tarde a algo.

Ese algo era ella misma.

Al día siguiente volvió. 17:22h. Se sentó. No ocurrió nada extraordinario. Volvió al día siguiente, y al siguiente.

Algunos días estaba cinco minutos, otros diez. A veces pensaba, a veces escribía, y a veces simplemente observaba, hasta que poco a poco empezó a escuchar cosas que siempre habían estado allí: que estaba cansada, que echaba de menos colorear, que había una conversación que llevaba meses evitando, que quería más tiempo con sus hijos y menos cosas para sus hijos, que hacía años que decía que algún día volvería a hacer deporte.

No resolvió su vida sentada en aquel banco, pero empezó a recuperarla.

Porque parar no siempre significa detener tu vida. A veces significa dejar de correr el tiempo suficiente para comprobar hacia dónde estás yendo.

Quizá no necesitemos cambiarlo todo. Tal vez algunos días sólo necesitemos encontrar nuestro propio banco de las cinco y veintidós y sentarnos en él el tiempo suficiente para preguntarnos “¿cómo estás?”.