Cuando la puerta no es lo que encierra.

A veces sentimos que nuestra vida se nos ha quedado pequeña. Como si algo nos apretara. Como si no pudiéramos movernos con libertad, hacer lo que realmente deseamos, cambiar aquello que no nos hace felices o, simplemente, permitirnos Ser y hacer de una manera diferente.

Y entonces miramos fuera.

Pensamos que es el trabajo, los hijos, la falta de tiempo o de dinero, la familia, el lugar en el que vivimos, las responsabilidades, las personas que nos rodean, las circunstancias…

Y puede que algunas de esas circunstancias sean realmente difíciles, por supuesto. No se trata de negar la realidad ni de convencernos de que todo depende de nosotras.

Pero quizá merezca la pena hacernos una pregunta: ¿Cuánto de lo que me limita está realmente fuera y cuánto está dentro de mí?

Porque hay límites que nadie puede ver, ni siquiera nosotras mismas muchas veces.

No tienen paredes, ni puertas, ni barrotes.

Están construidos con pensamientos, como cuerdas invisibles que nos rodean y nos atan hasta que nos paralizan:

No puedo.

No debería.

No es el momento.

¿Qué van a pensar?

Yo no soy capaz.

Siempre he sido así.

Eso no es para mí.

Es demasiado tarde o demasiado pronto.

¿Y si me equivoco?

Y de tanto repetirlos, dejamos de reconocerlos como pensamientos y empezamos a vivirlos como verdades.

Ahí aparecen nuestras creencias, muchas de ellas aprendidas hace tanto tiempo que ni siquiera recordamos cuándo ni cómo llegaron. Ideas sobre quiénes somos, sobre lo que debemos o no, lo que podemos esperar de la vida, lo que significa tener éxito, ser buena persona, buena madre, buena pareja, o una buena profesional.

Creencias heredadas, adquiridas, aprendidas y mil veces repetidas.

Y, por supuesto, miedos:

Miedo a equivocarnos.

A perder.

A decepcionar.

A ser juzgadas.

A cambiar.

A dejar de pertenecer.

Incluso miedo a descubrir quiénes seríamos si dejáramos de hacer lo que siempre hemos hecho.

Y así podemos pasar años intentando cambiar nuestra vida moviendo únicamente las piezas de fuera, sin preguntarnos desde qué lugar interior seguimos tomando nuestras decisiones.

Puedes cambiar de trabajo y llevar contigo el mismo miedo.

Puedes cambiar de pareja y repetir el mismo patrón.

Puedes marcharte a otro lugar y seguir escuchando dentro las mismas voces.

Puedes tener delante una puerta abierta y continuar sintiéndote encerrada.

A veces la jaula permanece aunque ya no haya barrotes.

Por eso el autoconocimiento puede ser profundamente liberador.

No porque haga desaparecer nuestras circunstancias, sino porque nos permite empezar a distinguir qué pertenece de verdad a la realidad que vivimos y qué estamos añadiendo nosotras desde nuestras creencias, miedos, expectativas y nuestra manera de interpretar lo que sucede.

Quizá no puedas cambiar todo lo que ocurre fuera, pero sí puedes empezar a observar lo que ocurre dentro, preguntarte qué te para, por qué decides lo que decides, qué miedo aparece cuando te planteas hacer algo diferente, qué creencia sostiene ese miedo y de dónde viene, qué parte de ti estás intentando proteger y, sobre todo: ¿esto que hoy creo sobre mí y sobre mi vida sigue siendo verdad para mí? ¿En qué me baso para creer eso?

Tal vez algunas de las paredes contra las que llevas tiempo luchando no estén fuera sino dentro.

Y tal vez ni siquiera necesites luchar contra ellas, sino simplemente empezar a verlas.

Porque cuando una creencia deja de ser invisible, también empieza a dejar de tener el mismo poder sobre nosotras, las cuerdas empiezan a aflojarse y aparece algo que probablemente siempre estuvo ahí: la POSIBILIDAD DE ELEGIR.