
Darte cuenta: la puerta de entrada a la transformación.
No recuerdo exactamente cuándo empezó. No hubo un día concreto en el que me levantara y pensara “quiero cambiar mi vida”.
Tampoco ocurrió nada especialmente dramático. Y quizá eso fue precisamente lo más desconcertante porque, aparentemente, “no me faltaba nada”.
Tenía un trabajo, una familia, una casa, un coche, responsabilidades, vacaciones. Una vida construida. Todo aquello que, de alguna manera, me habían enseñado que me haría feliz.
Estudias, trabajas, formas una familia, tienes una casa, compras cosas, pagas facturas, te vas de vacaciones cuando puedes. Y sigues.
Durante mucho tiempo pensé que eso era vivir. Hasta que un día —o quizá fueron muchos días acumulándose unos encima de otros— empecé a sentir una pregunta dentro de mí. ¿Esto es todo? ¿Para siempre?
Cuando aparentemente no tienes motivos para sentir que falta algo, lo más difícil era no saber explicar qué me pasaba. Porque cuando tu vida se rompe es fácil entender que quieras cambiarla, pero ¿qué ocurre cuando tu vida no está rota? ¿Qué ocurre cuando simplemente empiezas a sentir que la vida que tienes no es la que quieres?
Yo miraba alrededor y pensaba: tengo todo lo que se supone que tenía que querer. Entonces, ¿por qué siento que falta algo?, ¿por qué no soy feliz?
Intenté con todas mis fuerzas ignorarlo porque también apareció la culpa, esa voz que te dice: deberías estar agradecida por tenerlo “todo”, no puedes estar cuestionándote todo constantemente, esto es la vida adulta, tienes que madurar, aceptar, resignarte.
Y claro que estaba agradecida. Ese nunca fue el problema. El problema era otro.
Estar agradecida por mi vida no significaba que tuviera que dejar de preguntarme si esa era realmente la vida que quería vivir.
Ahí entendí que tener no es lo mismo que ser, y creo que ese fue uno de los primeros momentos en los que empecé a comprender algo que después cambiaría muchas cosas.
Había dedicado años a construir una vida desde el “tener”: tener títulos, un trabajo, una supuesta estabilidad, una casa, un coche, una familia y todo lo que me aportara algún tipo de «seguridad».
Pero había una pregunta que nunca me había hecho: ¿Quién soy yo dentro de todo esto?
No qué tengo, qué hago o qué esperan de mí.
¿Quién soy Yo? ¿Qué me emociona? ¿Qué me hace sentir viva? ¿Qué quiero aportar? ¿Cómo quiero relacionarme con los demás? ¿Qué sentido quiero que tenga mi paso por este mundo? ¿Qué clase de persona quiero ser mientras vivo esta vida?
Y cuando empiezas a hacerte determinadas preguntas ya no es tan fácil volver atrás.
Había algo que me gritaba. Algo a lo que entonces no sabía ponerle nombre. Solo sabía que algo dentro de mí hablaba cada vez más fuerte. Una especie de llamada. Una sensación difícil de explicar con palabras. Como si hubiera una parte de mí diciéndome: “esto no puede ser todo. Tiene que haber algo más”.
Pero no “algo más” entendido como tener más. No quería una casa más grande, ni un coche mejor, ni acumular más cosas. De hecho, terminó siendo exactamente lo contrario.
Sólo sentía que ese “algo más” tenía que ver con Ser más yo, con conocerme, comprender por qué hacía las cosas que hacía, descubrir cuánto de mi vida había elegido realmente y cuánto había construido siguiendo un camino que simplemente estaba ahí antes de que yo llegara. Con aprender a vivir de una manera diferente, más presente, más auténtica, más consciente.
Durante mucho tiempo no supe adónde me llevaría. Y esto es importante, porque a veces contamos las historias desde el final y parece que todo tenía sentido desde el principio, pero en mi caso no fue así.
Yo no sabía que aquella inquietud acabaría trayéndome hasta aquí. No sabía que un día estaría hablando de vida consciente, ni que sentiría la necesidad de reunir personas, ni que acabaría queriendo crear un movimiento alrededor de una idea que hoy me parece tan sencilla y, al mismo tiempo, tan profunda: podemos aprender a vivir desde quienes realmente somos.
No lo sabía. Solo sentía la llamada y durante mucho tiempo eso fue lo único que tuve.
Una sensación, muchas preguntas, una incomodidad que aparecía una y otra vez: “esto no puede ser todo».
No quería escapar de mi vida, sino estar más dentro de ella. No quería dejar de querer a las personas que quería, ni rechazar todo lo que había construido, ni negar mi pasado. Sólo quería dejar de vivir desde el piloto automático. Quería poder mirar mi vida y reconocerme en ella, elegir, estar, sentir, equivocarme, cambiar de opinión, escucharme, y preguntarme no sólo qué necesitaba hacer, sino desde qué lugar quería hacerlo.
Ahí comenzó realmente todo (o quizás ya hubiera comenzado sin darme cuenta). Mucho antes de que existiera ningún proyecto, antes de hablar de un movimiento, antes incluso de entender lo que me estaba ocurriendo. Empezó con una mujer que miró la vida que había construido y se atrevió a cuestionarse a pesar del miedo: ¿Y si hay otra manera de vivir?
Ahora sé que aquella llamada no era solo mía. Durante mucho tiempo pensé que era algo personal, una crisis, una inquietud, una etapa.
Hoy veo que somos muchas las personas que alguna vez hemos sentido algo parecido. Personas que aparentemente han creado la vida que querían (trabajan, cuidan a sus hijos, viajan, salen con amigos) pero que, en algún momento de silencio, escuchan una pregunta que no termina de desaparecer: ¿De verdad he venido solamente a esto?
No creo que esa pregunta signifique que tengamos que abandonar nuestra vida porque esta, como todas, debe ser una decisión estrictamente personal. Significa que ha llegado el momento de empezar a vivirla de una manera diferente, no siguiendo un camino porque otros lo eligieron, acumulando cosas que a otros le valieron, o convirtiéndonos en otra persona; sino regresando, poco a poco, a quienes somos, a vivir de verdad desde lo que sentimos.
Por eso sentí la necesidad de crear este movimiento. No para decirle a nadie cómo tiene que vivir ni para convencer a nadie de que mi manera es la correcta, y mucho menos para enfrentar a quienes piensan diferente; sino para encontrarnos quienes alguna vez hemos sentido esa llamada a vivir con más consciencia, más presencia y más responsabilidad sobre nuestra propia vida, con menos miedo a ser quienes somos y, sobre todo, con más amor.
Por eso ahora, cuando miro atrás, entiendo que aquella pregunta que durante tanto tiempo me incomodó no estaba destruyendo mi vida, sino intentando despertarme dentro de ella.
