
El personaje que creas cuando te lo crees.
Durante muchos años pensé que había algo en mí que no terminaba de funcionar como debía.
No sabría decir cuándo empezó, pero probablemente muy pronto.
Siempre me habían dicho que veía demasiado, sentía demasiado, pensaba demasiado. Hacía demasiadas preguntas que, al parecer, nadie más necesitaba hacerse.
Donde otras personas parecían aceptar las cosas «tal y como eran», yo necesitaba comprender.
Por qué hacemos lo que hacemos, vivimos como vivimos, repetimos determinadas cosas aunque nos hagan daño. Por qué alguien dice una cosa cuando claramente (yo sí lo veía) está sintiendo otra. Por qué nos quedamos donde sufrimos. Por qué aceptamos como normales determinadas formas de relacionarnos. Por qué dedicamos tantos años de nuestra vida a conseguir cosas que, cuando finalmente las tenemos, no siempre nos hacen felices. Por qué tenemos tanto miedo a ser diferentes. Por qué nos cuesta tanto escucharnos.
Y, sobre todo, por qué tantas veces vivimos de una manera que parece no tener demasiado que ver con quienes realmente somos.
Siempre pensé que el problema era yo.
“Le das demasiadas vueltas a todo”, “ves cosas donde no las hay”, “no te compliques”, y así, una larguísima lista de frases que escuché desde pequeña. Por no hablar de las veces que me llamaron rara y cosas peores.
Y probablemente quienes me lo decían tenían sus motivos desde su manera de mirar el mundo. Quizá para ellos aquello no necesitaba más preguntas. Pero para mí sí.
Yo podía entrar en una habitación y percibir que algo había cambiado aunque nadie dijera nada, escuchar una conversación y quedarme pensando durante horas en una frase que para otra persona había pasado completamente desapercibida, observar determinados comportamientos y descubrir qué había detrás de ellos, sentir profundamente cosas que otras personas parecían dejar atrás con mucha facilidad. Y eso, durante mucho tiempo, no lo viví como una cualidad. Lo sentí como un problema.
Así aprendí a disimular, a callar, a apagarme, y a ser un poco menos yo.
Hasta que un día mi hijo mayor me dijo algo con una preocupación que reconocí inmediatamente. No porque me lo hubiera contado antes, sino porque yo llevaba media vida sintiéndola.
Me dijo: “Mamá, tengo un problema. Creo que yo veo cosas que la mayoría no ve.”
Me quedé mirándole, y durante unos segundos sentí que el tiempo se detenía. Porque no estaba escuchando sólo a mi hijo. Estaba escuchándome a mí misma muchos años atrás.
Vi en él la misma duda, la misma sensación de extrañeza, la misma pregunta silenciosa: ¿Hay algo mal en mí?
Y entonces lo comprendí con una claridad que nunca había tenido hasta ese momento.
No. El problema no era él. Como nunca lo fui yo. No había nada que arreglar
Lo que necesitábamos era comprender qué significaba vivir percibiendo determinadas cosas de una manera diferente. Y no era sólo una cuestión de ser más o menos sensible, sino de ser más o menos consciente de lo que sentimos.
Entonces empecé a mirar mi historia desde otro lugar. Simplemente había cosas que yo había empezado a cuestionar antes que algunas de las personas de mi entorno. Y mi hijo estaba empezando a hacerlo también.
Cada persona despierta en un momento diferente. Y esto no significa que unas personas sean mejores que otras, ni más inteligentes, ni más evolucionadas, ni que quienes todavía no se hacen determinadas preguntas estén equivocados. Pero tampoco significa que lo estemos nosotros.
Significa simplemente que no todos llegamos a las mismas comprensiones al mismo tiempo.
Hay personas que empiezan muy pronto a preguntarse quiénes son o qué sentido tiene todo. Otras lo hacen después de una pérdida, cuando nace un hijo, cuando cumplen cincuenta años, cuando consiguen todo aquello que pensaban que querían y descubren que siguen sintiendo un vacío. O quizá nunca necesitan hacerse esas preguntas. Y está bien así.
El problema aparece cuando alguien que ha empezado a mirar de otra manera cree que tiene que dejar de hacerlo porque quienes están a su alrededor todavía no entienden aquello que está viendo.
Eso fue lo que yo había hecho muchas veces. Dudar de mí.
Aquella frase de mi hijo cambió algo porque, de repente, ya no estaba pensando solamente en mí. Estaba mirándolo a él y sabía perfectamente lo que no quería decirle.
No quería decirle: “no pienses tanto”, “eres demasiado sensible”, “deja de darle vueltas”. No quería enseñarle a apagar aquello que precisamente le permitía mirar el mundo con profundidad.
Por eso le dije exactamente lo que me habría gustado escuchar a mí: “no tienes ningún problema, simplemente estás empezando a ver cosas que otras personas todavía ni se han planteado, pero que ellos no lo vean, no significa que no exista. Escúchate, cuestiónate también a ti mismo, no creas que todo lo que piensas tú o el resto es necesariamente verdad. Pero, sobre todo, no apagues tu mirada sólo porque sea diferente.”
Hoy pienso muchas veces en aquella conversación porque quizás explica mejor que cualquier teoría por qué sentí la necesidad de crear Galatea. No quiero crear un espacio de personas que crean tener todas las respuestas, sino todo lo contrario, un espacio de personas que se atrevan a hacerse preguntas, que sienten que ya no pueden ni quieren vivir en automático, que necesitan comprenderse, que quieren responsabilizarse de su manera de estar en el mundo, que empiezan a darse cuenta de cuándo actúan desde el miedo, desde una herida, desde la rabia o desde aquello que aprendieron para poder elegir conscientemente desde otro lugar.
Y quizá también personas que durante mucho tiempo han pensado que el problema era ellas.
A esas personas me gustaría poder decirles algo que yo tardé muchos años en comprender: no necesitas dejar de ver o de sentir como sientes; sólo necesitas aprender a comprenderlo, a cuestionarlo, a darle su lugar. Y, sobre todo, a utilizar esa consciencia no para separarte de los demás, sino para ser y estar desde un sitio diferente
Porque ser consciente no significa mirar al resto desde arriba, pero tampoco desde abajo. Significa mirarte a ti misma y al resto con honestidad para comprender y empatizar desde el amor, no desde el miedo.
Aquel día mi hijo pensaba que me estaba contando un problema, pero, tal vez sin saberlo, me estaba dando una respuesta a muchas de las preguntas que yo llevaba años planteándome.
El problema nunca había sido ser quien soy, sino aprender que, para pertenecer, tenía que dejar de serlo.
Hoy ya no apago esa parte de mí. Vivo desde ella y la agradezco como el regalo que realmente es. Y quiero que mis hijos sepan que tampoco tienen que apagar la suya. Porque quizás el mundo no necesita que sintamos menos. Necesita personas capaces de cambiar las cosas sin convertir el dolor en odio, sin destruir a nadie, sin despreciar a quienes piensan diferente. Personas capaces de mirar hacia dentro antes de señalar fuera. En definitiva, personas conscientes.
Quizás aquella conversación con mi hijo no fue solamente una respuesta. Fue también la pista sobre la que empezar a construir lo que se terminó convirtiendo en la base de mi verdadera nueva vida.
Gracias.
