Cuando el personaje se mimetiza con la persona

Hoy me sorprendí de nuevo actuando como ellas.

Sí, actuando. Es decir, y cito textualmente el diccionario de la RAE, “ejerciendo las funciones propias de mi cargo u oficio”. O dicho de un artista, “ofreciendo un espectáculo ante el público”.

El oficio es ser mujer, con todas las facetas que se puedan añadir.

Ellas son mi madre, mi abuela y todas esas mujeres que, como yo, llevaron a escena lo mejor que supieron, sus papeles. Y las funciones: trabajar duro, estar calladita, lavar los trapos sucios de la puerta de mi cocina para dentro, ser buena, no pedir nada para mí, y encargarme de las responsabilidades de otros. Lo que, hasta hace no tanto tiempo, yo consideraba correcto/normal porque así me lo enseñaron.

Sólo puedo dar las gracias por mostrarme y formar parte de tan tremenda representación.

Así comprendí que, dicho con todo el amor del mundo, yo no quiero “ser” como ellas.

Lo triste es que los escenarios donde encarnaron la mejor cara de estos personajes fueron sus vidas. Y la mía.

Porque si algo les vi siempre fue precisamente eso, su mejor cara. Una gran sonrisa que mostrara a la platea que todo estaba bien, que aquello fue lo que eligieron y así tirarían hasta el final, con un carro lleno de promesas vacías de un futuro mejor que nunca llegaría.

Fueron fuertes, de eso no cabe duda. Por experiencia sé que no es fácil.

Pero, ¿de verdad era necesario tanto esfuerzo? ¿de verdad aquello que les devolvían era amor? ¿de verdad hay que pagar un precio tan alto por algo que brota del corazón? ¿de verdad vivir se reduce a luchar?

La respuesta es NO.

¿Alguien puede pensar que olvidarse de una misma es Amor?

Que vaciarse para llenar a otro ¿es Amor?

Que esperar eternamente a que te den la milésima parte de lo que tú das ¿es Amor?

Eso es lo que erróneamente me hicieron creer que debía llamar así. Esa dependencia emocional que nos hace sentir importantes porque somos necesarios para cambiar la vida de otro (aquí pondría carcajadas, si no fuera por lo doloroso que me resulta saber que es real). La falta de autoestima que nos invita a salir de nosotras mismas para hacer felices a los demás, y así creer que nos lo devolverán porque de otra forma no merecemos que nos lo den. El dolor y el sufrimiento que nos hacen sentir vivas porque “me quiere, pero a su manera”.

A quienes me lo enseñaron, hoy les digo que eso no es Amor. Que si hay que luchar por él, no es Amor. Que si lo tienes que pedir, no es Amor. Que si le ponen precio, no es Amor. Que si te lo van a dar mañana, no es Amor. Que si te lo tienes que ganar, será un premio, pero eso, no es Amor.

Gracias por hacerme caer del decorado para aprender que mi vida… no es una función.

Rocío Cruz.